La ironía es un insulto con una cucharada de azúcar

El acierto de los mayas


Antes de leer esta entrada, miren el cómic en el siguiente enlace:
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“El eclipse” se ambienta en los años de colonización española en tierras mayas, a mediados del siglo XVI. El fraile Bartolomé, un misionero español que había llegado a la zona maya con la intención de evangelizar, desahuciado, decide dejarse morir. De repente, aparece entre la selva un grupo de indígenas que pretenden sacrificarlo. Pero el sacerdote, gracias a su “cultura universal” y a su “arduo conocimiento de Aristóteles,” está al tanto de la próxima aparición de un eclipse. Para disuadir a los mayas de sus intenciones asesinas, amenaza con apagar el sol. Pero ellos terminan arrancándole el corazón a pesar de la intimidación, debido a que ya conocían “las infinitas fechas en que se producirían eclipses […] sin la valiosa ayuda de Aristóteles”.

El tema principal presentado es la crítica a la soberbia de los europeos en el choque de culturas que se produjo entre Europa y América. El antihéroe Bartolomé pretendía mostrar su superioridad intelectual a los “indígenas de rostro impasible” y acaba sacrificado de una forma llena de patetismo. Con esto Monterroso muestra el egocentrismo de los conquistadores y las versiones europeas sobre la conquista y conversión de los indígenas. En concreto, critica la versión de Hergé en su cómic “Tintín en el Templo del Sol” donde los protagonistas se salvan siguiendo el mismo método, mientras que los indígenas ignorantes huyen aterrados. El eclipse ofrece la versión opuesta, aunque quizás más realista.

El postcolonialismo como teoría aplicada a América Latina tiene que lidiar con el hecho de que la “descolonización”, el proceso de independencia, fue hace unos 150 años. El discurso colonial del fraile se ve como una contradicción, entre el deseo narcisista del fraile de ver a los indígenas como seres atrasados a los que puede controlar con su conocimiento científico y la realidad que lo desmiente. El cuento pone en escena un proceso de colonización truncado desde su raíz; o sea, pone en escena una especie de utopía anti-colonial. Si bien ocurre lo primero (fray Bartolomé ve a los indios como objetos de la diferencia para ser dominada) el proceso de desarrollo histórico llega a su fin con la eliminación del sujeto colonizador. Lo que hay que preguntarse es qué les permite a éstos interrumpir el proceso colonizador.

“El eclipse” se puede considerar una representación del rechazo de las “reglas de reconocimiento” (prejuicios) de la modernidad europea. El desenlace del cuento gira en torno al hecho de que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y apuntado sin la gran ayuda de Aristóteles las fechas de los eclipses solares y lunares, es decir, el conocimiento de los mayas es astronómico. Desde el punto de vista occidental este conocimiento es científico y tal clasificación no concuerda con las formas culturales. El conocimiento o episteme indígena (maya, azteca...) supuestamente no contempla la existencia de la ciencia, por lo que este concepto pertenece a la formación cultural europea con la división de los distintos saberes (ciencia, religión, filosofía, política, etc.) que tiene lugar a partir del Renacimiento. No obstante, el contenido de este conocimiento es el mismo porque las fechas de los eclipses son las mismas, más allá de las diferencias cronológicas. La “coincidencia” del conocimiento maya con el europeo les permite a los indios evitar que sea usado como una forma de manipulación en su contra.

Desde el punto de vista europeo (que es el punto de vista del cuento) no es posible considerar un conocimiento como pre-científico si coincide con el occidental. Por lo que es adecuado estar a favor de la descolonización, que supone la producción del conocimiento propio, sin prejuicios que lo descalifiquen por ser occidental o no.La ironía es que el “conocimiento negado” de los indígenas es idéntico al del europeo.
Los pueblos de los distintos Orientes no pueden entablar una conversación con Occidente porque no son escuchados, pero deben alzar la voz para demostrar que ninguno permanece inmutable. Y eso no debe ser la aceptación de las representaciones clásicas de Oriente, pues son representaciones disfrazadas de realidad limitadas.
La emergencia actual en Asia (China, India, Indonesia…), en América Latina (Brasil, Chile…), en África y en las revoluciones de los países árabes y musulmanes, sea cual sea su evolución, dibujan un mundo nuevo que ya no puede ser entendido en referencia a su pasado colonial, aunque este haya dejado en él su huella.


"Hasta que la diferencia nos separe"



La masai blanca es una película alemana basada en la novela que narra la historia real de la autora, Corinne Hoffman (Carol en el film), una mujer suiza enamorada de África. Ella y su novio viajan a Kenia y conocen a un guerrero samburu llamado Lemalian. Los samburu son una tribu que vive de forma  tradicional dedicada al pastoreo, y guardan parentescos con los masai, un grupo étnico de semi-nómadas situados entre Kenia y Tanzania. Carol siente un flechazo al ver al atractivo Lemalian, con su melena larga trenzada y rojiza, sus armas y traje de guerrero, cayendo en una especie de hechizo cuando él la mira fijamente. Justo antes de coger el avión de regreso a Suiza, Carol le dice a su novio que ella se queda para buscar al guerrero. El novio no es capaz de ver al africano más que como una simple atracción turística de baile y fotos, y se marcha sin entender nada.
Cuando Carol llega a Barsaloi, el pueblo de la tribu de Lemalian, conoce a una mujer que la acoge en su casa para que espere allí el regreso del guerrero, e intenta avisar a Carol de las adversidades con las que se encontrará: un samburu no puede comer con mujeres ni nada que haya sido mirado o cocinado por ellas, cosa que no ocurre en la historia real; un samburu toca a una mujer delante de los demás guerreros y tiene prohibido tocar por debajo de la cintura, otro falso mito del que hablaré más adelante; para un samburu lo que tú quieres no importa, y es imposible vivir con ellos porque “son pastores que viven en chabolas que construyen en un día para destruirlas al día siguiente”. Estos son solo algunos de los tópicos a los que recurre su amiga, confiada en los rumores y segura de que una mujer en África solo puede cuidar el jardín, la casa, y pensar que todo lo que tiene pertenece a su marido, ya que según ella por ser mujer vale menos que las cabras. La visión occidentalizada de la sociedad discrepa de las formas de vida en tribus de África con ideas contradictorias, pero en contraposición Carol busca el porvenir y avance de Barsaloi, aunque con planes y proyectos contrarios a los de su marido y vecinos.
En el reencuentro de Lemalian y Carol sucede la primera experiencia sexual: él la lleva a una habitación, echa a la gente de allí y, para sorpresa de ella, le sube la falda y actúa de manera brusca y rápida. Ella ve que las muestras de afecto y ternura no existen, solo el sexo como tal. Pero, prendada en sus propios sentimientos, a la mañana siguiente decide irse con él.
A pesar de las diferencias étnicas, consiguen que su amor vaya evolucionando adaptándose el uno al otro. Por ejemplo, Lemalian la lleva a un lugar en el que pueda tener su propia intimidad para que no se duche con los demás en medio del campo, y ella le enseña a hacer el amor con delicadeza, despacio y sin centrarse solo en el acto sexual. Carol vive feliz en su utopía, y después de contarle todo a su familia regresa de la superficialidad y frialdad de Suiza para casarse con su occidental vestido blanco de novia. Pero las  sorpresas desagradables no tardan en aparecer, como cuando intenta ayudar a una mujer a punto de dar a luz pero los demás la abandonan porque creen que está embrujada. Ella hace todo lo posible por salvarla pero no logra vencer las supersticiones de los otros.

Pero el motivo principal de conflicto aparece a partir de que Carol monte una tienda de comestibles, descuadrando por completo a su marido y a la tribu en general. Lemalian no lo ve necesario a lo que ella responde “vosotros tenéis vuestras cabras, yo mi tienda”. Empieza a darse cuenta de que sus necesidades son diferentes y marca la diferencia, porque no se ve capaz de alimentarse de azúcar y carne de cabra. Cuando Carol comienza a trabajar, los celos de Lemalian empiezan a aumentar porque allí mirar a un hombre directamente a los ojos puede ser malinterpretado, mientras que para ella mirar a su cliente es una cuestión de educación. Empiezan a suceder más enfrentamientos cuando ella no quiere conceder créditos, porque para él todos son vecinos y amigos, cosa que en el mundo occidental es impensable. La gota que colma el vaso sucede en el momento en que, después de una de las fuertes discusiones por los celos de él, Lemalian se corta su larga melena de guerrero y aparece en la tienda preguntándola si ahora le respetará, vestido con camiseta y pantalones y dejando atrás cualquier resquicio del idealizado y exótico guerrero del que Carol se enamoró. El hechizo se rompe.

Después de conocer una historia como esta, ¿es posible una relación entre dos mundos antagónicos? Los humanos siempre buscamos una identidad que nos diferencie de los demás, nos unimos a grupos y nuestra identidad se forma mediante las experiencias sociales, adoptamos ideologías diferentes y de ahí surge la alteridad, que es la capacidad de descubrir la existencia del otro desde mi observación poniéndome en su piel,  asumiendo los diferentes puntos de vista y defendiendo los otros por muy distintos que sean a los míos. Pero, aún cambiando nuestra forma de pensar, nunca abandonamos completamente lo que creíamos, como les suceden a los protagonistas de la película. Respondiendo a la pregunta creo que la relación sí es posible, aunque en la película no se haya podido llevar a cabo finalmente. No hay que olvidar que Lemalian ha vivido siempre en un estricto modelo de vida y, aunque se esfuerza por ser más tolerante, no puede cambiar lo que es él. Por otra parte está Carol, que se integra por amor en una tribu en la que desconoce sus cuestiones culturales relacionadas con la vida tribal y la posición. Pero, aunque esto no se cuente en la película, en la vida real esta mujer llegó a aceptar costumbres como la poligamia, dejando que su guerrero mantuviese relaciones sexuales con otras mujeres de la tribu.Pero Carol ha sido educada con una moral y ética determinada, basada también en el sistema de tener estudios para trabajar y ganar dinero, por lo que tampoco puede cambiar lo que es ella. Cuando dos culturas tan diferentes se encuentran una se impone sobre la otra, y tratar de entender sus creencias o forma de vida se vuelve una tarea realmente difícil, pero como he dicho anteriormente, no imposible. Sin embargo, en el mundo actual, por el simple hecho de ser la cultura indígena, por manejar creencias y comportamientos diferentes a la europea, esta última ve a la otra como algo que debe ser transformada.
En contraposición a Carol tenemos a su amiga, que se adapta en su totalidad pero no es feliz. Resulta curioso la cantidad de prejuicios que atribuye a los samburu cuando, por ejemplo, su propio marido la ignora a no ser que sea para pedirle dinero (quizás ella era feliz así, aunque en la película no se muestra). Ella no ve su propia realidad porque tiende a pensar que los salvajes y crueles son siempre los “otros”. Seguramente si una persona de esa tribu viniera a España y viera a tantas personas sin comer o viviendo en la calle entre tanta abundancia, también nos verían a nosotros como a los “salvajes”, todo depende del punto de vista con el que se mire.

Pienso que no podemos cambiar otro modelo de vida ni de mentalidad, como dijo el cura o se asume lo que hay o se deja, no se pueden imponer las cosas. Él quiere ganarse su confianza para ayudarles y respeta sus costumbres, por eso se mantiene como un personaje neutro.
En todo el mundo hay señales de las diferencias, cuando por ejemplo se piensa que la única religión válida es la que uno mismo practica, ignorando o despreciando a las otras; cuando las tradiciones populares de uno no concuerdan con los ritos y costumbres de algún grupo social; cuando se piensa que los homosexuales no tienen derechos por ser lo que son; cuando no se toman en cuenta a los discapacitados y minusválidos; o hasta cuando el equipo de fútbol es diferente al del otro. De la misma forma ocurre con respecto a las ideologías: siempre han existido partidarios de distintas tendencias políticas, lo preocupante es que por estas diferencias a veces se recurre a la violencia, al terrorismo, y hasta la muerte en algunos casos, por defender esas posturas ideológicas.

Todo esto podría relacionarse con la obra del sociólogo Zygmunt Bauman , Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Describe el tipo de relaciones interpersonales que se desarrollan en la postmodernidad, acercándonos primero a la modernidad desde el término alteridad. En nuestras sociedades connotadas por la “mixofobia” o miedo al intercambio social, también existe la “mixofilia” o deseo de mezclarse con las diferencias o con los que son distintos a nosotros. Crea una teoría de comunicación social para fomentar la “mixofilia”  en nuestras sociedades, pero siempre teniendo en cuenta cuales son los principales argumentos que pueden obstaculizar este camino. Así pues se pone de manifiesto que el vivir del yo consiste en un con-vivir, en un entregarse de una u otra forma al polo del .

Para terminar, hay que tener en cuenta que aunque en la película se reflejan muchos problemas interculturales, también se ha intentado suavizar o maquillar muchos aspectos de la verdadera historia y por lo tanto de la verdadera cultura masai y sus costumbres, que pueden resultar muy duras e incomprensibles a los ojos de otras personas con culturas mucho más diferentes basadas en la “racionalidad” y el capitalismo. En el cine se retocan partes de la realidad (como los problemas de drogas de Lemalian y otras costumbres como la poligamia) para que sea más “agradable” o para conseguir enganchar al público y que este pueda comprender algo que a primera vista no es comprensible. Además, en la película hemos conocido a un Lemalian muy “occidentalizado” en lo que a relaciones de pareja se refiere.

No hay que olvidar que nuestra verdad no es la verdad, simplemente tenemos una comunidad que cree en esa verdad. Ninguna cultura es mejor o peor que otra, cada una se adapta al contexto que le rodea en cada momento y a su forma de ver el mundo, y puede ser tan válida como otra. Lo importante es que responda a las necesidades de cada sociedad, ya que cada cultura es el reflejo de las creencias, del contexto, de la época, de la zona, de la religión, de los medios disponibles, etc. Jamás nos conoceremos a nosotros mismos si no conocemos a los otros aplicando el rostro humano de la alteridad. Tampoco se puede buscar la humanidad en el egocentrismo, sino en la identidad a través de esa alteridad, el yo en el . Y pese a todo el “maquillaje” de la película, se puede ver cómo es posible que dos culturas choquen, pero que a la vez puedan convivir, y que aunque en este caso el final no haya sido del todo feliz, puede ser posible el respeto mutuo y la comprensión de las costumbres.


Somos utópicos por naturaleza


En la película del director Woody Allen, Midnight in Paris, un frustrado escritor del siglo XXI está caminando de noche por París. Una especie de coche antiguo aparece ante él y le invita a subir. Lo que no sabe el protagonista, Gil, es que desde el momento que acepta entrar comienza a viajar en los años 20 de París, y así conoce a varios artistas e intelectuales de la época como Fitzgerald, Hemingway, Picasso, Dalí y Buñuel, a quienes no duda en mostrarles la novela que está escribiendo. Se enamora de una francesa que desea retroceder a una época anterior, dándose cuenta de que la vida es siempre insatisfactoria y que cualquier período de tiempo parece menos triste que el nuestro si se compara con la imaginación.
Para muchos, al igual que lo sería para Gil, el tiempo actual es vacuo, sin sentido, porque como tanto se dice, "cualquier tiempo pasado fue mejor". En la nostalgia de un lugar y tiempo desconocido podríamos encontrar la cobardía que tiene al principio Gil, al encontrarse seguro y anhelar un pasado que le recuperará del presente. Esto nos lleva a la idea de un anacronismo psicológico. Precisamente la teoría posmoderna investiga esta constante condición anacrónica del individuo en la que vive la cultura occidental, que mira lo anacrónico como una forma de vida.
Esta esperanza de un mundo ideal y perfecto nos conduce a la utopía, un Estado imaginario que hace posible una existencia feliz. Al comparar el Estado ideal con el real, salen a la luz las limitaciones y defectos de la sociedad y nos hacen caer en una idealización en la que son posibles los cambios y transformaciones positivas. Realmente,  las utopías se basan en elementos del presente dentro de una sociedad imaginaria y perfecta, lo cual puede resultar a veces algo positivo, ya que nos presenta el desafío de investigar y explicar por qué no tenemos esas virtudes que imaginamos.
Si lo miramos desde el punto de vista de la filosofía, el ser humano es utópico por naturaleza, y se ha señalado que las utopías tienen un carácter represivo, pero también otorgan un sistema dinámico y reflexivo a la modernidad con el fin de mejorar. Por eso no sería posible entender la modernidad sin su carácter utópico. Uno de los hechos más destacados en la historia moderna fue  el "descubrimiento" de América con la llegada de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo. Colón dirigió una mirada casi utópica hacia la nueva geografía,  ya que esperaba encontrar allí un mundo no sólo nuevo, sino mejor: su viaje estuvo impulsado en parte por el Paraíso Perdido. Por un lado, es una tierra fértil y abundante. Por otro, sus habitantes son los buenos salvajes, puros, bondadosos e ingenuos. Durante mucho tiempo esta es la imagen de América que permanecerá en Europa, obviando los aspectos negativos o diferentes, inspirando las utopías que ven allí un lugar nuevo y bueno, donde se puede empezar una sociedad mejor. El Viejo Mundo se muestra como algo invariable por el peso del pasado y la falta de autenticidad de su gente.
Se trató de crear en el Nuevo Mundo utopías prácticas inspiradas en la de Tomás Moro, que propuso un mundo que se acercaba a esa mentalidad. En su obra “Utopía” un explorador llamado Hythloday descubre durante uno de sus viajes una isla, precisamente llamada Utopía. En ella todos son iguales y no se acumula riqueza para que los ciudadanos utópicos no sean envidiosos ni codiciosos. El oficio es legado por la propia familia, y en caso de querer practicar otra profesión, se adoptaría a otra familia; no hay propiedad privada ni propiedad de tierras, todos trabajan seis horas y no hay clases sociales que exploten y vivan del trabajo; la religión tampoco sirve para obtener privilegios, ni el Estado tampoco. La única diferencia se marcará en las vestiduras y en algún objeto simbólico que represente su puesto. No existe una clase dirigente porque las instituciones de gobierno cambian constantemente entre miembros de todas las familias y no se necesita moneda, ya que cada familia tomará del mercado lo que necesite y vestirán igual. Los delitos, en caso de producirse, se pagarán con la fuerza del trabajo o la esclavitud al servicio de la comunidad, según la gravedad de la falta. Todos recibirán la misma educación humanista y una cultura llena de actividades lúdicas en la que podrán adquirir experiencias y conocimientos de diversos campos. Moro se basa en el empleo de la educación como herramienta para crear buenos ciudadanos en un Estado perfecto. Su visión de esta sociedad pasa por una educación continua sin la existencia de juegos, vicios y actividades insanas. Aunque su obra, por muy utópica que sea, está solapada a la realidad.
Durante el siglo XX la visión utópica de sociedades perfectas se ve modificada, porque muchos pensadores creen que inventar sociedades utópicas es más perjudicial que beneficioso. Las utopías poseen un carácter ingenuo y fantasioso, ya que se distancian de la verdadera realidad y se limitan a describir un mundo nuevo; están condicionadas por las circunstancias históricas, ya que se dedican a desarrollar rasgos que ya existen en la sociedad, y provocan en ella una concepción estática, ya que una vez conseguido el cambio justo y feliz, no tendría sentido que siguiera transformándose. Esto derivaría en un totalitarismo, ya que el convencimiento del carácter ideal y perfecto de un sistema lleva a la intolerancia con respecto cualquier otra propuesta. Cualquier alternativa de un mundo feliz podría convertirse en la más totalitaria, ya que la supervivencia de la utopía se vería amenazada.
No obstante el siglo XX se caracterizó en parte por ese totalitarismo, que llegó con la aparición de Hitler. En la obra “Melancolía y Utopía” de Wolf Lepenies, podemos encontrar un análisis de cómo un pueblo tan culto como el alemán pudo caer bajo el mandato de Hitler, relacionándolo desde el punto de vista utópico. Hitler supo transmitir los sueños de grandeza de una sociedad alemana que, como dice Lepenies, pudo haber aspirado a ser un Estado sin política pero jamás sin cultura. La utopía, por irrealizable, genera melancolía en quien la habita. La diferencia esencial entre el nostálgico y el melancólico es que este echa de menos lo que no ha sido, y el tiempo pasado o desaparecido puede adquirir rasgos utópicos si se cae en la memoria.
Lepenies explica cómo una vez instaurada la utopía en una forma real y decepcionante, se llega al totalitarismo de Hitler y sus hombres de confianza: Goebbles y Speer. Los tres formaban tres artistas frustrados en una nación donde la cultura era uno de los pilares básicos de Alemania: Hitler era pintor, Goebbels novelista y Albert Speer arquitecto. La búsqueda de la utopía genera melancolía, pero también resentimiento. Por otro lado los seguidores de Hitler no tardaron en comprobar el resultado, producto de un no tan buen pintor para quien creación y destrucción eran consecuencia una de la otra. La utopía, sin embargo se regenera una y otra vez, por lo que a nadie extraña que todavía haya quienes echan de menos al artista de la destrucción que fue Hitler: no es casual que, desgraciadamente, la desnazificacion absoluta de Alemania haya fracasado hasta la fecha.
Muchos nostálgicos echan en falta un pasado que nunca fue, mientras que los melancólicos un futuro que nunca será. Si algo tienen en común el escritor Gil, Cristóbal Colón con la búsqueda del Paraíso en el Nuevo Mundo, Hitler y el explorador Hythloday en la idílica y pacífica isla Utopía, es que todos ellos buscaban esa salida utópica sumida en una gran nostalgia y melancolía.


No creo que lo más peligroso de la utopía sea su carácter imaginativo, sino el concepto de norma colectiva que muestra por ejemplo Tomás Moro al dotar a su sociedad monotonía y falta de pasión, o la dictadura totalitaria que implantó Hitler en donde la sumisión era una exigencia, y en donde la felicidad y libertad individual no tenía cabida. En contrapunto, Gil, con su utópico viaje a los años 20 de París, aprende que la vida es siempre insatisfactoria y su cambio real comienza cuando rechaza el cambio ficticio. Me parece que el personaje es el ejemplo perfecto de que se puede pensar en la utopía sin vivir eternamente en ella. Debemos enfrentar nuestros miedos y recuerdos más dolorosos, respetando también lo que deseamos sin decirnos “yo no soy así”. En nuestra mente reside nuestra identidad, un Yo artificial formado por la familia, la sociedad y la cultura. Pero no conocemos nuestro Yo verdadero. Y nuestra utopía es nuestro mundo, al igual que las verdades o las mentiras. Cuando una persona cree en su utopía ya forma parte de su mundo, entonces es tan respetable como la tuya propia. Debemos dejarlas manifestarse en nuestra conciencia y luego podremos decidir si nos conviene o no creerlas porque, como enseña nuestro personaje Gil, todo deseo de cambio reside en uno mismo.



Sigo en mi línea, por tierra y aire




Me encantan las canciones actuales en versión instrumental. El otoño. Mi tatuaje, y los que quedan. El queso y el chocolate. La ropa vintage. Sumergirme de lleno en cada ciudad que viajo, y en las costumbres de los pueblos. La vida sin televisión. La salsa, la bachata y la kizomba. Los microcuentos. Lindsey Stirling, The piano guys y Alexander Rybak. Pintar con un cepillo de dientes. Los poemas de Wislawa Szymborska, y las fotos de Eric Lafforgue. Me encanta la palabra “melancolía” y detesto la palabra “plausible”. La conferencia de Chimamanda Adichie, las películas que nadie conoce. Ver como a la gente se le escapa la risilla tonta cada vez que va a perder el bus o el tren y está corriendo hacia la puerta. Reconocer desde lejos a las personas con la que puedo encajar. La luna llena. Haber cumplido el sueño de salir definitivamente de Cádiz con 18 años para vivir en Madrid. Conocer a la admirable Victoria Subirana, autora de mi libro favorito Una maestra en Kathmandú. He conseguido participar en espectáculos de baile en la ciudad de Brest con mi grupo de teatro, incluso con el presidente Hollande entre el público. Quizás el 12 de noviembre del 2012 fue el día que más me marcó, y el 13 ocurrió una casualidad que nunca podré olvidar.  Estoy harta del amor inmaduro, insatisfactorio y distante. Desde que aprendí a ser feliz a pesar de las adversidades, no me da miedo la muerte, ni temor por viajar sola. Las pesadillas empeoran, pero mis sueños logran mejorar. Tengo dos metas nuevas, y una de ellas también se cumplirá pronto: ir al Circo del Sol y ver el  musical del Rey León. Me gusta imaginarme viviendo en cualquier lugar de Asia, Oceanía o Sudamérica. El castillo de Neuschwanstein. El lago Grüner See de Austria. La idea de hacer un voluntariado cuidando elefantes en Indonesia, o de trabajar en un crucero de fotógrafa. La idea de hacer interrail, couchsurfing y aupair.  El Monte Saint-Michel, las Islas Mirihi de las Maldivas o la Riviera maya.  Me encantaría poder ver la aurora astral de Nueva Zelanda, o la boreal de Alaska. Los leones blancos de África del Sur, y los masái de Kenia. Pero sobre todas las cosas, tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.

Fuiste la utopía perfecta

"Y se muy bien que no estarás. No estarás en la calle, en el murmullo que brota de la noche de los postes de alumbrado, ni en el gesto de elegir el menú, ni en la sonrisa que alivia los completos en los subtes, ni en los libros prestados, ni en el hasta mañana. No estarás en mis sueños, en el destino original de mis palabras, ni en una cifra telefónica estarás, o en el color de un par de guantes o
 una blusa. Me enojaré amor mío sin que sea por ti, y compraré bombones pero no para ti, me pararé en la esquina a la que no vendrás y diré las cosas que sé decir y comeré las cosas que se comen y soñaré los sueños que se sueñan. Y se muy bien que no estarás ni aquí dentro de la cárcel donde te retengo, ni allí afuera en ese río de calles y de puentes. No estarás para nada, no serás mi recuerdo y cuando piense en ti pensaré un pensamiento que oscuramente trata de acordarse de ti." (El futuro, Julio Cortázar)

Para él. La persona que más soledad y felicidad me dio.

You should date an illiterate girl

La siguiente reflexión que pongo aquí no la he escrito yo, sino Charles Warnke, un escritor californiano de tan sólo 21 años que por su manera de escribir parece que tenga 40... me pareció impresionante, espero que os guste.

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela. Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta. Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe. Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar. Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato. Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con Joyce, con Nabokov, con Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio. Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca. Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas. Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos. Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella. Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo. Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo. Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son. Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype. Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas. Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee. O mejor aún, a una que escriba.

He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: una niña

¿Alguna vez en la vida le has dicho a alguien que es demasiado viejo para algo? ¿o que ha dejado atrás esa etapa cuando está viendo películas o series infantiles en la televisión? No sé vosotros, pero yo lo he escuchado muchas veces, y me niego a estar de acuerdo con la gente. Creo que no hay un punto tal en la vida que diga cuando los niños deben ser convertidos en adultos, dejando de lado lo que les gusta y cambiar lo que son porque hayan alcanzado una cierta edad. Hay gente que suelta con directas (o indirectas muy mal hechas, por cierto) que cuando crecemos no debería estar entre nuestras prioridades perder el tiempo en ver películas de Disney, porque es el momento de decir adiós a nuestra parte infantil o inocente y empezar a ver otro tipo de cosas.
Me gustan los documentales de la 2, sigo muchos programas de Eduard Punset, y a veces reconozco que también pongo Telecinco para reírme un rato con MYHYV o realities shows americanos que dejan mucho que desear. Porque todo lo que veamos no tiene por qué ser siempre cultural para demostrar a los demás lo “intelectuales” que somos o para necesitar sentirnos productivos, ni todo lo que veamos tampoco tiene por qué ser infantil o bajuno.

Para mí, crecer consiste en acercarse lentamente y de varias formas posibles a lo que queremos (felicidad, amor, éxito) y ser responsable de lo que estás haciendo para conseguirlo. Pero no van de la mano con el olvido de los recuerdos infantiles, de la imaginación, o de esa ilusión ligeramente ingenua. Nunca en mi vida dejaré de ver películas Disney, y voy a seguir bebiendo chocolate caliente a la taza entre mi manta mexicana en el sofá, mientras veo por ejemplo, El gato con botas. Nadie me va a impedir divertirme en colchonetas hinchables, ni reirme de mí misma. Nunca deberíamos decir adiós a nuestro niño o niña interior y mucho menos avergonzarnos de ello, no importa la edad que tengamos…